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Recuerdos de mi infancia: La festividad de San José







Seguro que conocéis una canción popular que dice:

José se llamaba el padre,
Josefa la mujer
y tenían una hijita que se llamaba María Jos
é...

Esta canción me la han cantado muchas veces porque en mi familia se daban todas estas circunstancias aunque a mi padre siempre lo llamaron, Pepe, y a mi madre, Pepita, que para el caso es lo mismo. Lo interesante y curioso de este hecho, más allá de la burla colegial, se reflejaba sobre todo en la celebración del día San José, que en aquellos tiempos siempre era fiesta. Celebraciones que recuerdo como  los mejores y más dulces momentos de mi infancia. 
Mi padre era funcionario del extinto INP (Instituto Naciones de Previsión) pero además era practicante, al igual que mi madre. Los dos ponían inyecciones y los dos tenían unas manos maravillosas, y no solo por lo que dijeran los afectados sino que yo puedo dar fe de ello. Estaban muy demandados por lo que puedo confesar que mi infancia estuvo ligada a traseros en pompa esperando que las diestras manos de Pepe o de Pepita pincharan sus prietas  carnes con antibióticos, complejos vitamínicos, analgésicos...etc. Y es que en aquella época los tratamientos buenos siempre eran a base de inyecciones. Es más, si el médico te recetaba pastillas, es que tenías poca cosa. En cuanto la enfermedad era importante te chascaban una caja de inyecciones, como mínimo. Ahora que lo pienso, también estaban muy de moda los supositorios y esos sí que me gustaban poco. Como os habréis imaginado yo no alumbraba en el momento del pinchazo pero sí que me gustaba ver cómo hervían las jeringas y las agujas en los estuches metálicos. Estuches que me han acompañado durante toda mi vida. 

Aunque penséis que he perdido el hilo, no es así. Todo está relacionado. Como la gente estaba muy agradecida (nunca llegué a entenderlo bien, pues además de que te hacían daño luego regalabas con gusto y satisfacción..., quizá el truco estuviese en que más que en agradecimiento fuera en prevención, para que los tratasen bien en su siguiente tanda de pinchazos ¡ja,ja,ja!) por lo bien que mis papis les ponían las inyecciones, cuando llegaba el día de San José les regalaban unas tartas buenísimas. Se ve que entonces no existía miedo a engordar ni a que te diagnosticaran de síndrome metabólico y a no ser que fueras un diabético diagnosticado, todo el mundo se premiaba y regalaba pasteles, dulces y tartas. 
Si cierro los ojos puedo ver con claridad la mesa de madera oscura del comedor llena de tartas. Y cuando digo llena es llena. La mesa era cuadrada y grande y en el día de San José se cubría de tartas de nata, de yema, de merengue, de bizcocho borracho... Había tantas, que por la tarde venía mucha gente (familiares, amigos, vecinos...) a casa para celebrar nuestro día y os aseguro que todos se marchaban con el estómago lleno y un trocito más para el día siguiente. 
En realidad no me importaba que me cantaran la canción porque yo estaba muy orgullosa de ser esa hija, María José, de Pepe y Pepita. Mis padres. Los mejores. 


Mis padres en el día de su boda con mi abuela, Carmen, y mi abuelo, Cesar

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