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Vampirismo psicológico


Una relación interpersonal debe de estar basada en la consideración mutua que como personas se tienen los integrantes de dicha relación. Estas relaciones se fundamentan en una comunicación adecuada y sobre todo en el mutuo respeto. Se establecen desde el punto de vista psicológico tras el encuentro entre un Yo y un Tú.

Con el término “vampirismo psicológico o emocional” quiero hacer mención de aquellas relaciones entre personas, en las que uno trata al otro como mero objeto. Es decir, no le adscribe al Tú, la consideración de persona, sino de objeto. Y, ¿qué es un objeto? Objeto es cualquier cosa que es captada por los sentidos, que carece de autonomía y sobre la que puedo ejercer cualquier acción o actividad. Bajo esta consideración, el vampiro emocional se aprovecharía de ese objeto (necesita su sangre fresca), que no persona, para su interés y crecimiento personal.

Es fácil deducir, que no hace falta que estemos en Transilvania para entrar en contacto con alguno de estos vampiros (nos rodean por doquier), que no te chuparán la sangre pero que terminarán apoderándose de tu vida hasta hacértela imposible, al punto de desear la propia muerte.

Modélicos y encantadores en su apariencia, estos individuos pueden llegar a ser peligrosos para el equilibrio emocional de los que les rodean. Son personas que establecen relaciones tóxicas, bajo su control absoluto, y destruyen la autoestima y seguridad de los que se relacionan con ellos.
En realidad estos vampiros son sujetos narcisistas, muy inseguros y envidiosos que ven en los demás aspectos de los que ellos carecen. Su autoestima depende de la minusvaloración de los demás. Quieren tener el funcionamiento de la relación bajo su control absoluto, lo que provoca una enorme inseguridad en quienes le rodean.

Son diferentes de la gente normal, pueden parecer más atractivos, más emocionantes, inteligentes, encantadores, creativos…pero “su necesidad” es superior a cualquier otra y asumen que las reglas no son para aplicarlas a ellos mismos, si no a la gente corriente. Nunca se sienten culpables y cuando se les descubre, se muestran rabiosos y manipuladores, y cambian sus formas. Desempeñan tan bien su papel, que engañan a los demás con bastante frecuencia (A.J. Bernstein (1)).

Normalmente existen dos modelos de vampiros emocionales, los que no se ocultan, y por ello son fáciles de detectar y de alejarse de ellos, y los que se disfrazan bajo “piel de cordero”. Estos son los realmente peligrosos, porque te “hincan el diente en la yugular” con múltiples estrategias de las que ni te das cuenta:
—Suelen hacer uso de bromas y sarcasmos muy ofensivos en muchas ocasiones escondidos bajo un tono de enorme amabilidad y sinceridad, por lo que la persona que los recibe, los vive como algo cariñoso y afectivo
—Suelen ser personas que observan muy meticulosamente el comportamiento de los demás. Hasta tal punto de que se creen en el derecho de opinar y criticar lo que los que a su alrededor hacen.
—Suelen cambiar rápidamente de papel. Estos vampiros tienen una especial habilidad para pasar de verdugo a víctima, con lo que consiguen culpabilizar a la víctima.

Este tipo de personas desean continuamente sentirse aceptados y que todo el mundo esté alrededor suyo. Requieren atención, sentirse importantes. Suelen conseguir agotar a su interlocutor. La psicóloga norteamericana Judith Orloff (2), autora del best seller Energía Positiva, clasificó en cinco tipos a estos vampiros emocionales. El llorón, el culpador profesional, el rey del drama, el conversador constante y el adicto a la yugular.

Son depredadores. Manipulan, utilizan, y abusan psicológicamente de los amigos, parientes, e incluso extraños, controlando situaciones y gente para sus propósitos, estos "chupadores de sangre" ganan fuerza para seguir haciéndolo una y otra vez.

¿En quién se fija el vampiro emocional?
En las personas débiles y vulnerables mentalmente, y las escoge como víctimas. Lo primero que hace es sugestionar al sujeto con impresiones negativas que minan su seguridad. Pero para que esa fuerza exterior sea efectiva, nosotros tenemos que darle permiso para que su negatividad entre en nuestra mente. De esta manera cualquier fisura emocional, es aprovechada por el vampiro para contraatacar porque nosotros mismos le habremos allanado el camino para absorber nuestra energía. Con ello comienza un proceso de destrucción al que contribuye el ladrón de energía y la propia víctima, que inicia un proceso de autodestrucción al dejarse atrapar entre los ambivalentes comentarios del encantador vampiro.

Extraído de diario de Marina, un personaje de mi novela La caricia de Tánatos.

Marcos tiene unos cambios de humor muy bruscos. Cuando está de buenas es encantador, pero cuando se le tuerce me ataca sin piedad. Yo sé que no puede evitarlo y se lo recrimino, pero cuanto más le digo más agresivo se pone contra mí.
Esta tarde me ha dicho que me quiere. En ese instante fui la mujer más feliz del mundo.
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Soy una inútil. No soy capaz de mantener a ningún hombre a mi lado. ¿Cómo puedo ser tan obtusa y no saber realmente lo que tengo delante de mis ojos? Debería haberle tratado con más cariño.
Es verdad que pienso demasiado en mí, como Marcos me echa en cara. Una persona tan buena como él y le voy a perder por mi forma de ser. ¿Por qué seré tan débil? No tengo empuje para nada. Seguro que si fuese de otra manera, Marcos no me dejaría. Es verdad que no le sirvo para nada, no me extraña que me deje atrás.
Hoy me ha dicho que soy una cucaracha, me dolió muchísimo pero lo soy. Un insignificante y asqueroso insecto. No puedo hacerle feliz, por más que lo intento. No soy suficiente mujer para él. Le pido perdón por no hacer las cosas bien y me mira incrédulo, porque está harto de enseñarme y mi torpeza me impide aprender. No valgo para nada. No podré hacerle feliz y me dejará. Me siento tan culpable.

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No tengo fuerzas para seguir tirando. Estoy cansada de vivir.

Para Bárbara, ahora que ha sido capaz de librarse de su vampiro emocional.

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(1)Vampiros Emocionales. Bernstein, Albert J.; Editorial: Edaf
(2) Energía Positiva. Orloff Judith.; Editorial: Alamah




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