jueves, 29 de marzo de 2012

Este jueves un relato: Las fiestas de mi pueblo


El circo
En cuanto  se respiraba en el ambiente el olor de la resina de los árboles derretida por las altas temperaturas, sabía que pronto serían las fiestas  de la Virgen de Luna. Mi hermana Teresa disfrutaba bailando como una peonza en la plaza del pueblo al son de la orquesta; yo prefería vivir aventuras en un imaginario safari  aprovechando el circo instalado en las afueras. Con mis amigos me escondía detrás de la caseta multicolor, donde vendían las entradas, para observar, de lejos, los carromatos de las fieras. En realidad las fieras se reducían a un león de escasa melena, flacucho y seco como el ojo de un tuerto, en el que las costillas se le pronunciaban tanto que parecían querer traspasar su piel  y un tigre de Bengala, anunciado a bombo y platillo,  que más bien parecía un gato gordo al que le habían pintado unas pocas de rayas. Vigilábamos que nadie nos descubriera y entonces, pasito a pasito, nos acercábamos. Cuando ya estaban a nuestro alcance, les tirábamos piedras para despertarlos de su letargo causado, no sabíamos si por el esfuerzo de la función o por el decaimiento de la inanición. Ganaba el que conseguía que se incorporasen; casi siempre Tomasito, el hijo del zapatero, que tenía un tirachinas chulísimo  de primera categoría que le había fabricado su padre.
En aquella ocasión, el león no respondía a las provocaciones que insistentemente le hacíamos por lo que decidimos acercarnos aún más, a pesar del riesgo,  para ver qué le sucedía. Cuando acordamos estábamos al otro lado de los barrotes  con las nuestros infantiles ojos fijos en él.    De cerca  aún daba más pena, su piel agrietada, su pestilente olor y su inmovilidad nos produjo a todos un gran desconsuelo. Bueno, a todos no, porque de pronto escuchamos al tarambana de Fede, que así llamaba mi abuela a mi primo porque siempre andaba metido en problemas, decir: a este viejo carcamal hay que despertarlo; al mismo tiempo observamos una mano que tiraba con fuerza  de la larga  cola que colgaba por fuera de los hierros. O sea, lo habitual en él, dicho y hecho. La respuesta no se hizo esperar, el león giró la cabeza y lanzó un potente rugido que nos hizo recular a todos y buscar refugio. La fiera había ejercido de fiera a pesar de su aspecto.  Asustados, y perseguidos por su cuidador,  dimos por terminada nuestra aventura y nos dispersamos por el campo. Años más tarde, el león murió y fue sustituido por un viejo elefante.
Crecimos, nos fuimos a estudiar a la capital. En las fiestas del pueblo, el circo,con sus fieras dejó de interesarnos a todos en pos de un baile, lo más agarrado posible, con alguna chica, excepto  al tarambana de mi primo que consiguió que el tigre de Bengala, que en realidad sí lo era, le comiera cuatro dedos de una mano que él mostraba con orgullo como si fuera una  herida de guerra.
Más sobre fiestas en casa de Manuel


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domingo, 25 de marzo de 2012

Bajo los Tilos







El  19 de marzo de 2012 salió e a la venta mi novela Bajo los Tilos en ebook (pdf, epub, mobi y fb2). 
Podéis adquirirlo en la cabecera mi blog o quien lo quiera hacer por transferencia que se ponga en contacto conmigo por email: arracada@gmail.com
15 personas han comprado la novela y espero ansiosa a que me comenten si les ha gustado.
El viernes por la noche me entrevistaron en Radio Villalba. Toda una experiencia. Mis palabras escritas me pusieron los pelos de punta leídas por la excelente voz y declamación de Clara, quien me entrevistaba... precisamente los dos párrafos últimos del capitulo que os dejo.


Espero que disfrutéis con su lectura como yo lo hice escribiéndolo:


Bajo los Tilos
Capítulo I



En la vida y en la muerte todo tiene un porqué, al menos eso pensaba hasta hace una semana.
La iglesia resulta pequeña. Las pocas bancas de que dispone se han ocupado enseguida por señores trajeados con sus respectivas acompañantes, todas ellas de oscuro y con perlas alrededor del cuello. Los que llegan más tarde se sitúan de pie en las naves laterales. De reojo observo, con malsana curiosidad, el ir y venir de los asistentes. Se inicia un molesto murmullo que cesa cuando la  ceremonia comienza. Me apoyo en reclinatorio y papá me mira intranquilo desde su metro noventa. Cruzo los brazos sobre  el vientre que aloja a mi hijo y una apacible sensación contrarresta el inmenso dolor que no me deja respirar.
En la homilía, el sacerdote alaba  las virtudes cristianas de mi madre; mi padre y mi hermano se remueven inquietos en la banca, no sé si presos de o molestos por los bisbiseos chismosos que aquella plática provoca entre los asistentes. No veo el momento de que  todo acabe.
A instancias del párroco se forma una larga fila en la nave central y empieza el monótono desfile. Mi padre agradece a cada uno de los asistentes su presencia en el funeral con un fuerte apretón de manos o un sonoro abrazo. Mi hermano y yo, como estatuas de sal, nos dejamos besar mientras escuchamos  lo buena persona que era nuestra madre, la mala suerte que ha tenido para morirse así y lo solos que nos ha dejado. A punto de desfallecer, hago una señal a Gonzalo, mi marido, me agarro de su brazo y salimos.
En la calle, temblando, enciendo un cigarrillo y lo apago al instante al ver la expresión de Gonzalo. Lleva razón; no es bueno, ni para nuestro hijo ni para mí. Necesito aislarme de la tragedia que vivimos, la llevo incrustado en el alma, como algo viscoso de lo que no me puedo desprender. Cierro los ojos. Gonzalo me abraza; le regalo una sonrisa.
Ya en casa de mis padres compruebo que todo sigue tal y como ella lo dejó; la última labor de ganchillo en el costurero que le regalé, por el Día de la Madre, el libro de Isabel Allende, La isla bajo el mar, en la mesita del teléfono... Como si de un momento a otro fuera a regresar a la vida, a su hacer cotidiano. Contemplar su mecedora vacía, estática, me produce una intensa desolación. Me ahogo entre aquellas paredes. Voy hacia la ventana, descorro el visillo transparente y la abro. Ahí está el parque, y el cielo nublado desde que amaneció, infrecuente para mitad de junio, que presta una tonalidad plata al verde follaje de los árboles. Por un instante, mi mente se aleja de la frialdad de aquellas paredes entre las que reposan sus cenizas. También es un día gris, muy gris, en mi corazón. Miro hacia el fondo, donde casi mi vista no alcanza. Allí se sitúan los tilos, los majestuosos y viejos tilos de anchos troncos, dando sombra al paseo. Los tilos…, sus árboles predilectos.
Casi todas las tardes, al regresar del colegio, la encontraba mirando a través de esta misma ventana. Al verme aparecer, me alzaba en sus brazos y me susurraba: Mira a lo lejos, allí, María, y señalaba con el dedo a un infinito que mis infantiles ojos no lograban  divisar. ¿Los ves?, esos  árboles tan altos, los que están al fondo. Se llaman tilos y como son enormes dan una gran sombra en el paseo. Un día te llevaré a jugar allí, decía ella mientras besaba mi sonrosada mejilla de colegiala dejándome la huella de carmín rojo que siempre adornaba sus labios. Un ofrecimiento nunca cumplido.
Sobre la mesa, el recorte del periódico donde se detalla la extraña y singular noticia de una mujer que falleció a bordo de un avión rumbo a Nueva York;  mi madre.
¿Por qué lo haría?... Una confusa desventura para nosotros, su familia, que ni siquiera sabíamos que había tomado ese avión. Las lágrimas aparecen de nuevo y también mi enorme resentimiento hacia ella, la mujer que me dio la vida y que se fue sin despedirse. Nunca la perdonaré… ¿Cómo puedo pensar eso?  La quiero y la odio al mismo tiempo; no sé cuánto más de lo uno que de lo de otro. En realidad sí lo sé, para qué engañarme. La odio, la odio, la odio… ¡Joder, qué mal me siento!
—¿Aún sigues aquí? Ya deberías estar en tu casa con tu marido.
Me sobresalta la voz grave y enfadada de mi padre.
            —Sí…—respondo mientras restriego los ojos con el húmedo pañuelo.
            —En tu estado no es bueno atormentarte de ese modo por alguien que cogió la maleta y se marchó sin mirar atrás, sin preocuparse de nosotros.
Lleva razón, pero no se lo digo.
            —¿No te extraña ese comportamiento en mamá? Nunca lo hubiera imaginado de ella, marcharse sin dejar siquiera una breve nota.
            Mi padre da media vuelta y sale de la habitación, sin responder. Sigue disgustado con ella.
            La vida continúa. Tengo un marido, un proyecto de hijo y un trabajo. El tiempo restañará las heridas por la pérdida y me procurará la oportunidad de perdonarla; sin embargo, me quedan tantas preguntas sin respuesta.
Un estrepitoso y desagradable rugir de tripas me perturba. Una bola en el estómago me impide tragar desde hace días. He de comer algo, aunque sea por el niño. Me obligo, voy a la cocina y reparo en la bolsa de plástico blanco llena con los objetos que mamá llevaba encima en el momento de su fallecimiento. Nadie la ha tocado. El corazón galopa desbocado mientras la abro. Dentro, el bolso marrón de piel y una caja de cartón en la que han guardado las cosas pequeñas: unos pendientes de perlas blancas,  regalo de mi padre por el nacimiento de mi hermano;  el anillo a juego, obsequio por mi nacimiento; el reloj de oro y… ¿dónde está su alianza? Descorro la cremallera del bolso convencida de encontrarla allí. El monedero, la tarjeta de embarque, una bolsa pequeña de aseo con pinturas, un paquete de pañuelos, el móvil y una postal. Ni rastro del anillo. Rebusco en los bolsillos interiores: nada. ¿Y si se la quitó por algún motivo? Tal vez quería estar cómoda en el viaje, o… Desconcertada,  contemplo los objetos que he ido esparciendo sobre el cristal de la mesa y la tarjeta postal llama mi atención;  una imagen nocturna de la Estatua de la Libertad con la ciudad de Nueva York al fondo. Le doy la vuelta:
..........
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jueves, 22 de marzo de 2012

Este jueves un relato: Déjà vu


La sala de espera era amplia, luminosa. Rebeca se sentó en un  cómodo sillón que ocupaba una de las esquinas, alejada del resto de pacientes.  Sus ojos recalaron en un cuadro colgado en la pared, frente a ella. Un vasto campo pintado a la acuarela en tonos azulverdosos salpicado de lo que parecían pequeñas manchas de sangre; al fondo una casa blanca, escoltada por dos altos árboles de frondosa copa que proporcionaban   sombra a lo que parecía un rústico banco de madera situado a sus pies. Un golpeteo en su cabeza; extrañeza y  sorpresa al mismo tiempo. Ella conocía aquel  lugar.
Se levantó para observarlo con detenimiento. Esa casa, esos árboles, ese banco…ella había estado sentada  allí mismo. Recordaba a la perfección ese campo de amapolas.
--Cuando quiera puede pasar  --le dijo la enfermera.
Se encamino por el pasillo tras ella. Su retina aún conservaba la vivacidad de los colores del paisaje confundida con la sensación del déjà vu. No era la primera vez que le sucedía.  Durante años se había presentado de manera ocasional, confundido entre otras manifestaciones  que la perturbaban aún más. Ser capaz de leer la mente de otras personas suponía un problema infinitamente más grave que tener la impresión de haber estado en lugares que no tenía porqué conocer.  En su necesidad de encontrar explicación había recurrido a todos los medios a su alcance. Videntes, echadoras de cartas  parapsicólogos…embaucadores, al fin y al cabo, que no le habían preoprocionado  ninguna mejoría. Por temor a que le diagnosticaran locura, había retrasado su visita al médico.
Una mujer alta, con bata blanca, se le acercó, la saludó y le dijo que se sentara. Rebeca  sonrió.
--¡Hola! ¿Cómo estás? –dijo  Rebeca.
--¿Nos conocemos? –preguntó la doctora extrañada por la famliaridad.
--Claro, ya he estado en esta consulta otras veces.
La doctora, no respondió. Rebeca era una paciente nueva que le habían derivado de psiquiatría a su consulta de neurología.  Se sentó. Tras respirar hondo,  tragó saliva, intentando calmarse; por muchos años que llevara ejerciendo su profesión le seguía resultando muy  doloroso tener que comunicar malas noticias.
Más en el blog de Carmen
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jueves, 15 de marzo de 2012

Este jueves un relato: Cine



La sala es pequeña. Dos filas con cinco cómodas butacas de color granate cada una.  Roger está sentado en el centro de la segunda fila. Detrás de él, un haz de luz que pasa por encima de su cabeza enfocado hacia la pantalla. Silencio. Pulsa un botón del mando a distancia que tiene en la mano; aparecen unas imágenes difusas y desenfocadas. Colores diversos que se mueven de un lado a otro hasta que van tomando su auténtica forma. Su mujer y su hijo en el jardín, al lado de la piscina. El corazón le da un brinco. Por el altavoz se escucha el balbuceo de su hijo: pa,pa,pa…  y  la ostentosa risa de Clara que le dice que lo repita y juntando sus labios le guía para que una las dos sílabas mágicas: pa-pa. Las lágrimas bañan el barbudo rostro de Roger. Al poco la imagen se transforma. Delante de la chimenea el niño recita el papel que le han adjudicado en la representación de Navidad que organiza  el colegio. Rubio, de grandes ojos azules, mira a la cámara mientras abre las manos y dice:  Soy un ángel del cielo y he venido  hasta vosotros para traeros la buena nueva…Roger reprime como puede una intensa arcada. La angustia se apodera de él. No puede detenerla y al poco se convierte en una culpable desesperación. Esta vez no podrá superarlo. El tormento se multiplica con el tiempo en lugar de atemperarse como le dicen los médicos. Decidido toma entre sus manos el arma que descansa en la butaca contigua; la apoya en su sien derecha. Un segundo, que parece una hora, y su cerebro da la orden al dedo para que apriete el gatillo. Un ruido sordo y el cuerpo de Roger se inclina hacia la izquierda. El arma cae de la flácida mano, se pierde en la mullida alfombra. En la pantalla, las última imágenes. En el coche, el niño desde su asiento trasero  juega con la cámara de video intentando enfocar  los árboles que presurosos se alejan por la elevada velocidad; la voz asustada de Clara: No  corras tanto, no pasa nada porque lleguemos un poco más tarde…
--Corten --grita el Director
El clack de la claqueta se escucha y el silencio se transforma en un aplauso.
--Excelente toma, no tendremos que repetirla. Gracias a todos.  Has estado impresionante, Marcos. Mañana nos vemos a la misma hora.
Más sobre cines en el blog de Mónica

© María josé Moreno
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domingo, 4 de marzo de 2012

POR UNA BLOGOSFERA SIN VERIFICACIÓN DE PALABRAS


Me uno a esta iniciativa que encontré en el blog de Neogéminis, siguiendo la ingeniosa y desesperada campaña anti verificación de palabra que Cecy esta llevando a cabo desde su blog. 
Es desesperante tener que esperar, con el poco tiempo que tenemos a escribir esas ilegibles palabras. Yo no lo tengo y no he tenido problemas de spam. 
Ayúdamos a que visitemos tu blog. Fuera la verificación de palabras!!!!!!



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Poemas desde la guarida






Poemas desde la guarida  es otro libro de mi amigo internauta José Angel Magadán que os recomiendo, junto con el que ya os anuncié en post anteriores.
Sus poemas son demoledores, plenos de sentimientos que reflejan su estado de ánimo personal. La vida que a cada uno le ha tocado en esta tómbola, origina y desencadena formas de vivenciarla peculiares y eso es lo que podemos leer entre las líneas de estos poemas que se intercalan con micros llenos de ingenio y chispa. 
Os dejo  algunos de sus micros:


Las plantas de la terraza
Posé la vista distraídamente en las
plantas de la terraza
Y a mi hija, recién nacida,
¡la llamé María!

Mi patibulario rostro
Mi patibulario rostro,
sólo pasa desapercibido en la noche
de Halloween


Amnesia
Se hizo la luz -repentinamente-
en su memoria
¡Tragedia!

© José Angel Magadan
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viernes, 2 de marzo de 2012

Novedades!!!!!

Querid@s amig@s bloguer@s, este viernes 2 de marzo llega cargado de novedades.
En primer lugar deciros que tengo un domino propio y que mi URL ha cambiado a www.mjmorenodiaz.com
Llevaba tiempo con la intención de comprarlo y creo que ahora que entro en una nueva etapa es el momento de hacerlo.
En segundo lugar he cambiado el look de mi blog, como habréis comprobado. Ha sido para que mis libros se vean mejor en la cabecera, y sí digo mis libros porque esta es la tercera novedad: la editorial El desván de la memoria sacará en breve mi novela Bajo los Tilos en formato ebook, por ahora, pero confío en verla editada en papel. Con este motivo he creado una página en facebook cuya dirección es https://www.facebook.com/pages/Bajo-los-Tilos/121067031355715
En esa página irán aparición todas las cuestiones relativas a esta publicación y por supuesto os e pero allí.
Por el momento os dejo la portada y la sinopsis. 



Sinopsis
María es una joven abogada que pasa por una etapa afortunada tras sufrir un lamentable aborto. Ha vuelto a quedarse embarazada, su marido la adora y han propuesto hacerla socia de uno de los bufetes más importantes de la ciudad.
Sin embargo, una terrible noticia ensombrece su felicidad y la transforma en una persona diferente: su madre ha fallecido de un infarto en un avión que iba de Madrid a Nueva York, sin que nadie de su familia supiera que viajaba en él.
A partir de entonces, María no descansará hasta encontrar respuesta a las numerosas preguntas que se plantea: ¿Qué hacía su madre en ese avión?, ¿por qué iba a Nueva York?, ¿por qué no se lo había contado a nadie?... Preguntas que la sumergen en una difícil y tenaz búsqueda en el pasado de su madre hasta conocer sus más íntimos, oscuros y dolorosos secretos. Tendrá que enfrentarse a ellos si quiere llegar a conocer la verdadera historia de su propia existencia. 
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jueves, 1 de marzo de 2012

Este jueves un relato: El apego a un objeto




La clase no era grande. Las paredes color vainilla se adornaban con cartulinas multicolores en las que nosotros habíamos escrito  frases y pegado imágenes recortadas de las revistas; los pupitres de color verde, nuestro baby de un blanco impoluto por la mañana, cuando salíamos por la tarde no se sabía ni de qué color era. La edad no puedo precisarla; con seguridad entre los seis y los diez años. Era la academia de preparatoria del ingreso en el bachillerato de la señorita Juanita. Soltera, bastante mayor de edad, o por lo menos así la veía yo y amante de la enseñanza, a la que había dedicado su vida.
Un jueves por la tarde apareció  una chica joven, con una cola de caballo que nos asombró a todos porque le llegaba hasta donde la espalda pierde su lindo nombre. Era la señorita de labores, la señorita Pilar, la que nos enseñaría a hacer vainica, cordoncillo, cadeneta, punto, crochet…todo lo que yo había visto hacer a mi mamá y que imitaba cuando me sentaba en una silla bajita a su lado, sin conseguirlo. Ahora era mi oportunidad. Deseaba que llegara ese día de la  semana para la clase de labores, ella siempre nos animaba y lanzaba exclamaciones de admiración cuando concluíamos un trabajo que resultaba  difícil. 
Lo mejor fue hacer el álbum en el que con mucho cuidado fuimos poniendo las muestras realizadas a lo largo del curso. Ella nos confeccionó unas lindas pastas de cartulina donde con tinta china rotuló “Labores” y nuestras iniciales. En cada hoja poníamos la muestra de costura y ella escribía el nombre,  luego pegaba unas preciosas calcomanías y lo que más me gustaba  con un algodón, impregnado con el polvo de lápices Goya, rodeaba unos moldes de cartulina dejando maravillosas estelas de colores pastel. Las cubría con papel transparente para que no se estropearan. 
Me enamoré de las labores y de esos lápices Goya. Creo que ambos amores y mi maestra la señorita Pilar, me  introdujeron en  el campo de la estética, de la creatividad, del todo se puede conseguir con esfuerzo, de la enseñanza empática... quizás sean responsables de lo que hoy soy. 
El álbum siempre ha estado conmigo, aunque las calcomanías se han puesto amarillas por el paso del tiempo; los Reyes Magos que son muy listos y lo saben todo me trajeron una caja de 24 colores pastel que me acompañaron hasta que mi hija se enamoró de sus bellas tonalidades. 
Más objetos en el blog de Sindel












Así era mi caja y tenía una fina capa de algodón que los cubría.
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