lunes, 31 de agosto de 2009

El retorno (y no del Jedi)


Ya estoy en casa, lo que significa que aún me quedan muchos días de cuarenta y muchos grados.

El retorno me impidió participar esta semana en los sábados literarios de Mercedes, pero me ha permitido, una vez que he conseguido aclimatarme y poner en orden lo que traía, pasearme por los distintos blogs. He de decir que he disfrutado leyendo tranquilamente lo que los distintos viajer@s han comentado acerca de lo que supone tener y mantener un blogs y lo que más me ha gustado es que mucho de lo que yo hubiera escrito (en el caso de poder hacerlo) lo he visto reflejado en las distintas entradas. Es decir, coincido en las apreciaciones y quizás eso sea lo que en definitiva nos une.


¿Que queda ahora...? Reintegrarse o morir en el intento.

Hay por ahí un "concepto" muy controvertido pero cada vez más extendido que hace referencia a la "depresión postvacacional".

En realidad no es una enfermedad, aunque muchos (no sabemos motivados por qué... o quizás sí...) quieran incluirla en el listado de las enfermedades psiquiátricas.

Estaríamos hablando de: Un proceso emocional normal, más o menos negativo en cuanto que se relaciona con la satisfacción personal que cada uno obtenemos del trabajo.

Pienso que lo importante es lo que he puesto en negrita. Ahí está la clave.

La depresión vendría no por la vuelta de vacaciones sino por una depresión, no por volver de vacaciones, "sino por su incorporación a un medio hostil, agresivo, no solidario ni satisfactorio".

De una u otra forma, los entendidos coinciden que en una persona que esté sana previamente, en quince días se ha superado este periodo de adaptación...otra cosa es aquel que previamente ya estaba deprimido, que contribuirá a increnetar su estado depresivo con una intensa apatía, cansancio, tristeza....

A mí mi trabajo me encanta y como me encuentro en el primer caso (o eso espero...) de aquí a dos semanas habré superado mi periodo de adaptación y ya estaré en plenas facultades físicas y mentales. Lo que significa que seguiré con mi labor habitual de trabajadora, madre, esposa , escritora ...y demás roles que se me puedan adjudicar, siempre cumpliendo con total eficiencia, como debe ser.

Mientras pasan esos quince días puedo permitirme estar como se dice en mi tierra, haragana, que según el diccionario de la RAE , es un adjetivo y que significa "Que rehúye el trabajo". Mejor este significado que el que le dan en Cuba y Venezuela "Utensilio para fregar el suelo que consta de un palo horizontal con una goma y de un palo vertical con el que se maneja....¡ja! ¡ja! ¡ja!

Espero que todos tengan un feliz retorno y que sigamos por aquí, pasando buenos momentos en este Lugar de encuentro.
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miércoles, 26 de agosto de 2009

Los sábados literarios estrenan sede

Gracias a una mágnifica idea de Mercedes, los sábados literarios estrenan blog : http://sabadosliterarios.blogspot.com/2009/08/sabados-literarios.html.
En él nos encontraremos los viajer@s que participemos en estos encuentros literarios de los sábados, y allí nuestro conductor nos organizará de la mejor manera posible.
Siempre es bonito tener una casa a la que retornar en determinados momentos.

Esta semana conduce Mercedes y el tema que nos ha propuesto es apasionante:


"Algo sobre mi blog"
dice Mercedes: Se trata de que nos cuentes cómo entraste en este mundillo de los blogs, por qué, qué anécdotas recuerdas, dificultades con las que te encontraste, cómo eligiste tu plantilla, qué te sorprendió, tus primeros visitantes, tu andadura... En fin, lo que quieras. Eso sí, procura no extenderte mucho (bueno, lo que necesites), para que nos de tiempo a visitarnos todos.



A mi me va a coincidir con el traslado de la playa a la ciudad. Es decir abandono las felices y descansadas vacaciones para trasladarme a mi ciudad, aún en plena ebullición (alrededor de 40ºC) y a prepararme para comenzar mi trabajo diario.


De todas maneras intentaré hacer lo posible por no perder esta oportunidad para escribrir sobre mi blog.


Gracias a todos los que haceis posible estos encuentros.


Un saludo a los sabios que hasta ahora me han conducido Tésalo, Mimí , Juanma y Mercedes.





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viernes, 21 de agosto de 2009

Sábados literarios de Mercedes





Se trata sobre todo de realizar un pequeño cuento en el que un descubrimiento científico, o la utilización de una técnica por primera vez sea el germen o centro del texto.


Conduce esta semana Juan Manuel Rodríguez de Sousa

http://rodriguezdesousa.blogspot.com/

El palo de mesana

Ian Osterloh, investigador de la empresa farmacéutica Pfizer, trabajaba en un nuevo medicamente para la angina de pecho. Era un potente vasodilatador por lo que su efecto terapéutico sobre los vasos coronarios era más que manifiesto. Ian, estaba muy orgulloso de los resultados que el ensayo clínico estaba teniendo en la fase I, II y III. Ahora venía la fase IV, el ensayo en humanos.
Reunidos en el despacho del director del proyecto de investigación, discutían la población en que sería probado el medicamento. Estaban de acuerdo con que la muestra estaría constituida por varones, puesto que el ángor es más frecuente en ese sexo, y con edades comprendidas entre cuarenta y sesenta años. El lugar fue escogido al azar. Haciendo girar un globo del mundo, el dedo de Igor se depositó en Gales en una zona llamada Merthyr Tydfil.
Robert Meyer trabajaba en una de las fábricas aeronaves de Merthyr Tydfil, ciudad situada al sur de Gales. Tenía un buen sueldo pero muchas bocas que alimentar. En los quince años que llevaba casado con Martha había tenido siete hijos, por lo que con mucha dificultad llegaban a fin de mes.
Aquella mañana al llegar a la fábrica se fijó en un anuncio que había en la puerta de los vestuarios. “Se buscan varones de entre 40 y 60 años sanos, para estudio clínico. Excelente remuneración. Interesados llamen al teléfono 12345678”
Robert, no lo dudó. Dentro de un mes sería Navidad y necesitaba dinero para los regalos para los niños. Llamó al teléfono y concertó una cita.
Le visitó el propio doctor Ian Osterloh, que tras hacerle una detallada historia clínica y una extensa exploración, le aceptó en el estudio. Le dio una caja sin nombre con siete pastillas de color azul. Tenía que tomar una antes de acostarse. Y volver a la semana. El doctor le indicó que antes de marcharse debía de pasar por caja para que le pagaran lo que le correspondía. Cuando volviera a la semana le darían el resto
Robert, muy contento con la gratificación económica que le habían dado en el bolsillo se fue a trabajar a la fábrica y se olvidó del asunto. Como era su costumbre poco después de las cinco regresó a su casa donde Martha le tenía preparada el pack de cervezas que solía beberse tumbado delante del televisor. Cenó a las ocho y sin cambiar sus hábitos a las diez y media se acostó.
Ya en la cama, recordó que tenía que tomar la pastilla y a escondidas se levantó. A su mujer no le había contado nada, porque sabía que no hubiera estado de acuerdo con que formara parte del experimento.
No llevaba ni media hora dormido cuando su mujer le despertó.
—Robert, ¿estás bien?
—Sí, Martha. ¿Qué te pasa?
—¿A mí, nada? Y ¿a ti?

—Nada.
—¿Nada? Pues, toca tus partes bajas que algo le ocurren.
Roberto bajó la mano hasta su miembro y al instante lo retiró cómo si le hubiera dado un calambrazo.
—¡Dios, mío! ¿Qué me pasa? Una intensa dureza me saludaba como si fuera un mástil.
—Robert, estás… Deberíamos aprovechar… no te parece…
A la mañana siguiente, su mujer le miró seductoramente y con ojos lascivos. ¡Estaba encantada! Robert, a su vez se sentía muy orgulloso de cómo se había portado su muchachito.
Noche tras noche, su mujer esperaba a que el mástil se desplegara en toda su extensión. A la semana, Robert fue a ver al doctor tal como le había indicado y sobre todo para cobrar la parte que le quedaba por participar en el ensayo.
De nuevo le hicieron pruebas de todas clases, y preguntaron y repreguntaron para averiguar si había tenido algún efecto secundario. Robert, negaba una y otra vez. Nada de lo que le decían le había sucedido. Le pasaron con el doctor Osterloh.
—Veo que no ha tenido ningún efecto secundario, ni enrojecimiento, ni dificultad respiratoria, ni eccemas …
Robert, le interrumpió.
—Ahora que lo dice, yo no he notado nada ningún efecto adverso, pero mi mujer sí.
—¿Cómo? ¿Su mujer? —preguntó sorprendido el investigador.
—Cosa extraña en ella, pero todas las noches ha querido jugar con el palo.
—¿Con el palo?
—Lo que le digo, doctor. Antes ella no quería, pero ahora no sé si será por la pastilla azul o porque ha dado casualidad, adora ver como mi simple verga (1) se transforma en el palo de Mesana (2). ¿Usted me entiende? —dijo guiñando un ojo.

“Los hombres que reciben tratamiento contra la disfunción eréctil deberían dar las gracias a Robert Meyer y demás trabajadores de Merthyr Tydfil, la villa galesa donde en 1992, durante unas pruebas efectuadas con una nueva droga contra la angina de pecho, surgieron los efectos secundarios que desafiaban la gravedad

(1) La verga es una percha giratoria, generalmente cilíndrica, que, colocada por la parte de proa de un palo o mástil, sirve para asegurar el grátil de una vela, a fin de poder tensarla fácilmente y orientarla de acuerdo con el viento.
(2) Palo de mesana es un palo situado detrás (más cerca de la popa) que el mástil principal o palo mayor.






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viernes, 14 de agosto de 2009

Sábados literarios de Mercedes









LA GUARIDA DEL LOBO


Conduce una vez más Mimí:


ROJO SOBRE NEGRO


Una mano, de sedosos y delicados dedos, me atrapa sacándome de un oscuro cajón donde comparto espacio con sujetadores de puntilla a juego con braguitas y tangas.
Hoy vamos de fiesta, pienso mientras siento como me deslizo por la pierna derecha gracias a la suavidad de la seda de la media. Llego a mi posición exacta. Cinco dedos por debajo de la ingle. Ella me retoca intentando que quede en mi lugar y no me escurra con el paso de las horas, en lo que se presume será una larga noche. Sabe que soy su mejor compañero. El más fiel. El que en un determinado momento lucirá para poder seducir.
El contraste es magnífico. Rojo sobre negro. Sí, el rojo soy yo, un liguero, hecho de un delicado tejido con un fino volante de encaje a mí alrededor que termina en un pequeño lacito. El negro la media, mi amiga, mi cómplice.
Sobre nosotros cae una falda. Espero con impaciencia saber si me dejará a la vista o no. He tenido suerte. Una amplia abertura que llega por encima de donde yo estoy, posibilita que me exhiba en todo mi esplendor. Será una buena noche, le digo a la media, que no me responde. Es normal. Es muy tímida.
El tugurio se llama la Guarida del lobo. Hasta allí ha recalado mi dueña, Caperucita, para pasar un buen rato y de paso ver si pilla a alguien, que si no, no estaría yo en su pierna. Lo sé por experiencia. Un musculoso portero la piropea sobre su aspecto y ella haciéndose la inocente se mece en un seductor juego de palabras y movimientos.
Todo está muy oscuro y con cuidado para no tropezar nos encaminamos a la mesa situada cerca del escenario, donde la Cordera interpreta una melódica y bella canción. Nos sentamos. Estira su pierna derecha e instintivamente me retoca con sus delicadas manos, a sabiendas de que el señor Lobo, el dueño del local, la está mirando. Siempre lo hace, le da seguridad y le sube la autoestima.
Ella ha puesto sus ojos en él. Le gusta el riesgo, hasta el punto de que a veces hemos salido mal parados. El señor Lobo, se acerca y se sienta en la silla de al lado. Trae dos copas y una sonrisa bobalicona en su boca grande llena de dientes.
Mi dueña cruza y descruza las piernas. Éste es el peor momento, porque me somete a un restriegue que no sólo arruga y estropea mi encaje sino que me aprieta, oprime y comprime. Siempre es igual. Después de un rato de tormento, notaré una mano desconocida que intenta arrastrarme y con ello el inicio del juego.
Risas, palabras, más risas… y yo alerta, expectante, a ver qué sucede. Mientras, escucho la ansiosa respiración de la media. Tiene miedo de terminar desgarrada por el juego y consecuentemente, en el cubo de la basura.
La cantante se acerca a la mesa. Se sienta y charla animadamente con ellos. Durante un rato sólo charlan y yo me olvido. Está noche no parece que haya juego. Se lo comento a la media que suspira agradecida. De pronto, el lenguaje sube de tono, parecen divertidos, ardientes, febriles. Cuando menos lo espero me rozan. Un latigazo me ha sacado de mi letargo. Alguien juega con mi lacito. Ahora nada. La calma. Espero. Otra vez. Una mano áspera, peluda, pega tirones de mí. Caperucita la aparta. ¡Gracias a Dios! Me estaba mareando con tanto tirón. De nuevo la calma. Un suave roce. Una mano delicada que no es la de mi dueña, que sube por encima de mí. La Cordera me acaricia. ¡Uhm…me gusta! De nuevo la mano de mi dueña. ¡Deja la otra! Le grito. Es muy agradable. Otra vez, nada. Espero impaciente. Una mano, otra y otra. Todas a la vez. El juego ha comenzado. Yo, situado en la frontera intento mantenerme en mi lugar, pero me traspasan tan diferentes dedos que me tienen enloquecido de llevarme de un lado para otro.
Repentinamente, lo entiendo todo. Un menage à trois, creo que le llaman. Por mí no hay inconveniente, mientras ella lo pase bien, para mí está bien, como dicen los cursis Pero… me acuerdo de ella, la negra media. No va salir bien parada con tanta mano. Es la hora de las despedidas: Au revoir, mon ami, mon complice; efímera fue tu estancia entre nosotros. El juego te mató…
¡Cielo, santo! Que sucede aquí. Un dolor intenso me recorre de arriba abajo. Me han desgarrado. Debe haber sido el bruto del señor Lobo. Mis hilachos se terminan de desprender y caigo lentamente en el asqueroso suelo donde me pisotean repetidamente. Entonces, escucho una tímida voz que me susurra entre carcajadas: Nos vemos en la basura.






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jueves, 13 de agosto de 2009

ENAMORADA


Siempre cuidando de los suyos y ahora tan sola. El tiempo que pasa veloz y no atiende a lamentos la surcó de profundas arrugas en el lienzo de su piel, pero no en su alma, tersa y joven, como de quinceañera.
Esa mañana cuando se engalanó con su preciada camisa de seda azul lo hizo como siempre, por pura complacencia, por sentir el agradable tacto del suave tejido; porque algo que no fueran sus callosas manos, rozaran su estéril cuerpo.
Lo que ella ignoraba era que los hados la visitarían y su vida daría un giro de ciento ochenta grados. Le ocurrió de manera desapercibida. Cuando quiso acordar charlaba animadamente con aquel hombre de piel morena y cuerpo enjuto que vendía tomates en el puesto de la esquina del mercado. Nunca antes le había visto y parecía que le conociera de toda la vida.
Una risa, una mirada, un suspiro, un roce al pagar y el deseo la desbordó como agua de manantial. Sentía lo que nunca había sentido; tan fuerte, que presentía que debía de ser pecado, pero le miró a los ojos y se vio reflejada en su pupila. Esto la tranquilizó, no sentía culpa y se alejó con él dejando atrás la aburrida realidad, como si fueran los únicos habitantes de una oscura gruta, él y ella, nadie más a su alrededor. El amor le llegó tarde, a los ochenta años, pero la cautivó entre sus enormes alas sin que pudiera deshacerse de su tierno abrazo.
Un suave roce en su espalda le despertó. Aquel hombre está a su lado, pero no podía verse en sus oscuros y fijos ojos. Se aferró a él y le suplicó que no la abandonase. No quería dejarle marchar. No podría vivir sin él. El amor le llegó tarde. Se abandonó, se dejó morir.
La encontraron desnuda y aferrada a aquel seco cuerpo, que la hizo vibrar por primera y única vez en su vida. Su camisa de seda azul, echa un ovillo, presidía los pies de la cama.
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viernes, 7 de agosto de 2009

Sábados literarios de Mercedes



El viento

Conduce Mimí
http://xqsabes.spaces.live.com/blog/
http://xqsabes.spaces.live.com/blog/fakehandlerpage.aspx?sa=214011868

Leandro llevaba cuatro horas trabajando en las labores agrícolas cuando hizo un descanso para limpiar el sudor de su frente y echar un trago de agua en su seca garganta. El calor era agobiante desde primera hora de la mañana y ahora, cerca del mediodía, el astro rey brillaba en su mayor esplendor. Se quitó el sombrero y miró hacia al cielo cubriendo sus ojos con las manos a modo de visera y contempló como relucía. Sacudió la cabeza y pensó que el verano estaba siendo terrible mientras volvía a coger la azada, con intención de seguir trabajando. Las temperaturas no habían descendido de los cuarenta grados en todo el mes, no dando tregua para que, tanto las personas como el campo se recuperaran. No corría ni pizca de aire. Los árboles cercanos parecían pintados.
Por el camino que venía de la montaña cercana, vio aparecer a su mujer que le traía el almuerzo. La saludo con una sonrisa y un beso, y le agradeció el fresco gazpacho y el bocadillo que le llevaba.
—¡Vaya calor que tenemos! —dijo Antonia.
—Hoy es peor que ayer. ¿Qué te pasa? Vienes un poco ofuscada.
—Por coger el camino más fresco he dado un poco de vuelta y me he encontrado con unos campistas en el cañaveral.
—¿Se han metido contigo? Mira, que voy para ya y los machaco.
—No, Leandro. Serénate —le dijo mientras le ponía la mano sobre el hombro—. Estaban bebidos y no han encontrado otra diversión que piropearme cuando he pasado por su lado. Pero no tiene importancia.
—¿Seguro?
—Sí. Estoy bien.
—Bueno, de todas formas lo mejor es que te quedes aquí conmigo y regresamos juntos a casa.
—Como quieras. Aprovecho para echar una siestecita debajo de aquel árbol.
Antonia se tumbó en una zona mullida de hierba, la poca que no se había secado porque estaba al norte y casi siempre en sombra. Desde allí observaba a su hombre. Llevaban toda una vida juntos. Se conocieron con trece años y ya pasaban de los cincuenta. Habían tenido una vida feliz, tres rapaces que iban para hombres y el campo les daba lo suficiente para tener una existencia digna. Cerró los ojos. Se levantó un ligero viento y cuando acordó se había traspuesto. No sabía cuánto tiempo llevaba dormida cuando le despertaron los gritos de su marido.
—¡Fuego! ¡Fuego!
—¡Dios mío! —gritó Antonia, que veía desde donde se encontraba que unas enormes llamas se apoderaban de la zona de matorral extendiéndose hasta los árboles.
Ella acababa de pasar por allí, justo donde los chicos borrachos la habían insultado. No se lo había dicho a Leandro para no provocarle porque sabía cómo se las gastaba cuando estaba enfadado.
—Ven aquí, tenemos que buscar una salida —le anunció Leandro.
Mientras iba a su lado, notó el viento ardiendo en su cara.
—Los chicos que hacían camping. Han tenido que ser ellos.
—Se me habían olvidado. Tenemos que ir hasta ese lugar. Estarán bloqueados por las llamas. Hemos de rescatarles.
Antonia escuchaba a su marido, absorta en sus pensamientos. De pronto tuvo un dejá vu. Tenía la sensación de que lo que estaba oyendo y viendo ya lo había vivido y escuchado con anterioridad. Un pellizco le apretó el corazón y el asco removió sus entrañas. Sabía cómo terminaba aquello. Cadáveres calcinados, entre los que se encontraban ellos.
—No podemos ir Leandro —dijo gritando y llorando—. Dentro de poco el viento cambiará y las llamas nos rodearan a todos. Moriremos.
—Tranquilízate, amor. Yo sé lo que me hago.
—Que no —le dijo tirando de su brazo, intentando retenerlo.
—¡Antonia! —dijo agarrándola de los brazos y zarandeándola—. No podemos dejar ahí a esas criaturas.
—Moriremos, nos vamos a quemar todos —gritaba Antonia corriendo detrás de su marido que ya estaba cerca de las llamas.
De pronto, como por arte de magia y sin esperarlo, el viento cambió y se vieron envueltos por las llamas que como lenguas de fuego se apoderaron de sus cuerpos hasta dejarlos convertidos en carbón.
El viento que golpea el cristal de su habitación despierta a Antonia. Abre despavorida los ojos y escucha con terror a su acelerado corazón. Alarga el brazo y se da cuenta de que su marido no está. Recorre la casa. Sus hijos duermen apaciblemente. Se ha marchado a trabajar, se dice.
Sale al huerto y nota el calor a pesar de que no han dado las ocho de la mañana. Suspira. Su corazón se tranquiliza, ha sido una pesadilla. Un caliente viento le seca los ojos. Se los restriega con las manos intentando acomodar su vista y entonces contempla que a su alrededor todo está arrasado, quemado, calcinado… y un desgarrador grito de dolor sale de su reseca garganta.



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miércoles, 5 de agosto de 2009

Alienación


Todo cambió cuando leyó aquella frase en el periódico. De primeras, sus ojos pasaron de largo sin prestar la mínima atención. Sin embargo, algo quedó en su subconsciente porque antes de pasar a la página siguiente, sintió un tenue escalofrío y la necesidad de volver sobre sus pasos. Entonces lo vio: Se busca a Manuel GH.
Durante años se estuvo buscando sin hallar ninguna pista sobre su paradero. Cruzó tierras y mares; removió hasta las piedras sin poder dar consigo mismo. Ahora, por arte de magia, se encontraba entre aquellas líneas.
Se sintió renacer, el sol centelleba con un brillo especial y le alumbraba en su nuevo camino de supervivencia. No le importó estar encerrado. Por fin, se encontraba a sí mismo, sabía que existía, era alguien.
Tantos años anónimo y ahora, un rayo de esperanza asomaba entre los barrotes de la cárcel de su locura. Él era Manuel GH, siempre lo había sabido. No en el mundo de pesadillas en el que lo confinaron los medicamentos, sino en el de la certera realidad. Él no había muerto, existía a pesar de que muchas veces le hicieron dudar.
Allí tenía la prueba. Habían querido quitarle su vida, su nombre, pero no habían podido. Alguien se apiadaba de él.
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